La delgada capa negra que cubría la parte de arriba de su vientre nacía bajo su brazo. Bajo el foco y su brazo. Era una sombra delgada, morena, producto de luz blanca y ecológica. Tendría unos dieciocho años. Por las dudas, que igual y tenía menos. Aunque tuviera más, el agua le lavaba la edad de la espalda. Llovía fuera.
Llovía fuera desde qué dejé a la señora Suárez, otra clienta, en metro Guelatao. Atravesé la ciudad por el Viaducto y llegué a la casa. <Mire, Arquitecto>, me dijo Mr. Keith la primera vez que llegué ahí, con los ojos vendados. <Si usted colabora con mi empresa, mi país le brindará un par de apoyos para establecer decentemente nuestra transnacional en el suyo, ¿qué le parece?>, me consulto. IiaaAa estÁaAAas mi reEeiy, le respondí, y hasta entonces me retiró la venda.
Desde luego lo que vi aquella noche no fue nada como la casa de Daphne. Así le puse a la mujer de la regadera. Una joven californiana usando perfume inglés, o no a cualquiera de ambas, recordé de Perfume de Mujer, debe ser llamada Daphne.
Al principio no distinguí nada con las luces totalmente de frente. Las de la mansión de Batman. <Hey you! Alfred! Come right here!>, ordenó Keith. <I want to introduce you to…>… <Sorry. What’s your name?>, me preguntó. Se lo indiqué. <To Batman of Mexico>, le dijo. <Eres un buen hombre. Tu país te necesita>, me aduló encaminándose con su sombrero en mano al coche. ¡Espere! ¿Cómo regreso? ¿O aquí me quedo? ¿Tengo el empleo? No hemos acordado nada… le dije desesperado olvidando mi tono de fresa exitoso para cubrir las apariencias. Las de crisis económica. Me mostró de lejos un papel con mi firma impresa, y yo nunca lo había visto. Se levantó el sombrero el hombre, entró en un coche negro y partió.
En aquel momento me quedé solo, sólo comparable con la entrada de la casa de Daphne. Mientras la observaba, debajo de su puerta, por afuera, un papel rodando por el piso atravesó la calle, alojándose debajo de un automóvil viejo y picado. En la tristeza gris de Bosques Loma de la Luna sección LVI, su paso sonó como un segundo piso vial rajándole la garganta al fondo verde de un viaje en carretera. El arribo de la hoja, en ese valle seco con apenas vecinos, fue ruidoso, y Daphne salió en bata a ver qué había ocurrido. Metió medio cuerpo bajo el coche. Era la plana principal de la sección de espectáculos del periódico de ayer: “’Batman contra los narcos’, primer largometraje de la PGR”, decía. Y la miró. Mas no alcanzó a verme sino en la superficie del periódico, porque al abrir la puerta me trepé a su techo. Aquél era bajito. El de la mansión de Batman, en el poniente de la ciudad, atrás del Bosque de Chapultepec, era muchísimo más alto.
¡Alfred! Le grité al señor que Keith me había presentado en cuanto partió, con la mi voz más rasposa y seca. ¡Lleva mis cosas adentro! Y se quedó parado mirándome de arriba abajo. ¡Alfred! Soy tu Batman, y exijo que me obedezcas. Te ordeno que lleves adentro mis cosas, le indiqué nuevamente. Nuevamente se quedó parado. Que chingues a tu madre, concluí. Y volví a mi espalda por mi equipaje. <Usted llegó sin nada, caballero>, me indicó, permítame le muestro su nuevo guardarropa. Yo lo seguí enojado.
Los primeros días en el gimnasio fueron lo más pesado. Y sin embargo rindieron grandes frutos. Cada mañana me levantaba con la decidida convicción de ir a ayudar a los pobres. Por el día les vendía casas accesibles a su limitado ingreso. Por las noches me iba a madrear a sus vecinos. Porque eran problemáticos, porque era así la vida. Les quitaba problemas de vivienda y de vecinos a los pobres.
Alfred me indicó mi nuevo guardarropa, mis trajes, cómo salir en vehículo de Lomas y me enseñó a cambiarle el agua y el aceite al Batimóvil. <Cuidado, señor, porque cuando ande a 300 kilómetros por hora en la ciudad, si inmediatamente abre los depósitos, seguro se quema>. ¡Soy Batman!, imbécil, a mí no me pasa nada, le dije, y lo mandé a dormir sin cenar.
Pero el tráfico para ir hacia el este y el noreste de la capital, donde estaban los problemas, jamás me permitió pasar de una velocidad de treinta. <¿Batman?>, me preguntó quien estaba al otro lado de la línea telefónica. Sí, soy Batman, le dije con mi voz más rasposa y seca. <Que dice el procurador que si ya viste la batiseñal, que lleva tres horas trepado en el techo y, según tu GPS, todavía no llegas>. Los mandé al carajo junto con el tráfico en Viaducto y el alcoholímetro. Junto con el tráfico en Viaducto.
¿Y esto tiene algo para volar?, le consulté a Alfred, consciente de que hubiera sido más prudente regresar deprisa después de mi primera misión de lanzamiento de misiles desde el Batimóvil. Con saldo de varios puestos de discos piratas destruidos en un tianguis y otro tanto de muertos; es un delito grave; la piratería; el suyo. ¿Para qué no se quitan? <No, Batman, el uso del espacio aéreo por este tipo de vehículos, y así nada más despegando en un tianguis en Chimalhuacán, no está permitido>. ¡Ah, menos mal!, respondí desorientado, mientras cuantificaba los impactos de bala que la policía municipal había atestado contra mi automóvil.
Con el tiempo me fui dando cuenta de lo separado que estábamos los ricos, o que por algún motivo deciden hacernos pasar por ricos, de los pobres. Pero yo no estaba distanciado de ellos, porque de día era su amigo el vendedor inmobiliario y de noche el limpiavecinos. Y además también era un pobre: el pobre rico que tenía que ir a fregarse la noche fregando a los otros pobres después de atravesar entera la ciudad.
Uno de esos días me visitó un amigo de un amigo de un diputado. ¡Pues!, me visitó un amigo. <Dice la exfuncionaria de educación y de desarrollo social que la solución es una policía con disciplina de superhéroe militar y equipo de última generación con poderes de superhéroe >. Me dio un apretón de manos, nos tomamos una foto y filmé con un luchador un spot para su partido. ¡Alfred!, grité, tráele su abrigo al señor. <¿No era diferente la persona que me presentaste como Alfred, Batman?>, me preguntó. No seas imbécil, todos los Alfreds que yo tengo son iguales, aseveré.
Igual que todas las casas del conjunto de Daphne o de Los Arcos Campestres del Roble de Oro. Son todas iguales. Casas y casas y casas junto a las otras, y otras, y luego otras casas más. Como la lluvia. Como la lluvia o un par de gotas de agua y agua y aguaguaguaguagua, pensé poéticamente, hasta que te enojas porque no hallas la que buscas.
Eran las dos de la mañana cuando por fin llegué al número 1,103; numerándolas todas una por una porque para ahorrar dinero a todas las hicieron idénticas y a cada una le pusieron junto a la puerta un número 7. Porque es de la buena suerte, porque así se venden mejor, porque pedir treinta mil números iguales sale 0.06% más barato que pedirlos diferentes. Por fin llegué a la casa. Un muchacho con posesión de unos gramos de coca me aguardaba dentro, según reportes de la procuraduría. Policía con disciplina de superhéroe militar, pensé, y me apreté los pantalones. Me hubiera metido por cualquier ventana, pero como hacerle hoyos a los muros prefabricados con que construyen esas casas eleva los costos, no tenían. Salvo la estrictamente necesaria del baño. Estando todavía completamente fuera, me asomé por ella. A través de la regadera llovía agua caliente. La ventana permanecía cerrada y llovía frío fuera. Una delgada capa negra cubría la parte de arriba del vientre de una joven, Daphne, cuyo vértice de origen nacía bajo su brazo. Bajo el foco y el agua caliente y su brazo. Era una sombra delgada, morena, igual que Daphne.
En realidad se llamaba Amalia. SeñoOoor CarrascOooOh, firme aquiíIi, le dije. Si no podía comprar en Los Arcos Campestres del Roble de Oro igual terminaría vendiéndole algo. Aunque fuera en Bosques Loma de la Luna. Entregadas las llaves, el señor Carrasco, la señora de Carrasco y su hija Amalia salieron de mi oficina. Los Carrasco no tenían un hijo joven. Un varón joven. Nadie con esa descripción que hubiera comprado unos gramos de cocaína ni a quién entrar a buscar a su casa. Pero órdenes eran órdenes. Disciplina, pensé, disciplina.
Cuando llegó la ambulancia, junto con el procurador y la prensa, Amalia había muerto. <¡No mames, Batman!, ¿cómo se te ocurre aventar una granada para abrir el vidrio?>, me preguntó el procurador. Es que tenía que entrar a la casa sin ser visto, le respondí acongojado, con mi voz más seca y rasposa. Y ahí estaba ella… ahí estaba ella. <Jajajaja, te pasas, Batman>, celebró; <Además la numeración de las casas comienza del otro lado del fraccionamiento, no en éste, la casa no era en ésta, ¿qué no te avisó mi secretario?>, concluyó él. Eran las cuatro de la mañana. Un par de policías estatales enmascarados me condujeron, cada uno sujetándome fuertemente de un brazo, ante los medios. Los flashes se soltaron como la tormenta que, aunque llovió, no había humedecido tanto fuera como la lluvia sobre mojado de lo que ocurrió en la regadera de aquel baño. Después de las fotografías me subieron a la patrulla. Al llegar al ministerio público federal, ya en la ciudad, a eso de las siete (y todo por el pinche tráfico) mi foto aparecía en todas las planas de los diarios nacionales: “¡Como lo vio en la película, lo vieron en el EdoMex!”; “Batman tira rostro con los tiras y se toman fotos”, “Batman de México: más seguridad, menos pobres”.
Debido a ello me liberaron.
<Ya encontraremos otro Batman, Arquitecto. Quiero que me firmes ahora mismo tu renuncia>, me indicó el procurador cuando fuimos a desayunar, ya sin máscaras, al World Trade Center. Abajo lo esperaba un evento del partido y le urgía irse. Desde luego, yo se la concedí. <Qué bien que renunciaste, porque todavía alcanzas a ser diputado>, me propuso. Y me cerró un ojo. Y corrimos juntos hasta el elevador para bajar al evento.